Repetición sin repetición: La canchita, la escuela y la arquitectura invisible del portero.
Esta ilustración simboliza la canchita enfrente de mi casa, donde disfrutamos de partidos con mi hermano y los amigos de mi pueblo, y posteriormente, la escuela verdadera donde recibí mi educación primaria. Esto es en Toay, La Pampa, mi querido pueblo.
La canchita, la escuela y la arquitectura invisible del portero
Hay aprendizajes que no llegan con un silbato, ni con una planificación escrita, ni con una explicación biomecánica detallada. Llegan en silencio. Se instalan con el paso de los días, con la repetición cotidiana de situaciones que, en apariencia, no siguen ningún método formal. La canchita enfrente de mi casa fue uno de esos espacios. Todos los días, durante gran parte del día, jugábamos con mi hermano y los amigos del barrio. La pelota gastada, el suelo irregular, el polvo que se levantaba con cada movimiento, el sol cambiando la visibilidad. Y yo, casi siempre, en el arco. No había un entrenador especializado corrigiendo cada gesto. No había indicaciones técnicas sobre el ángulo del cuerpo o la posición exacta de las manos. Y, sin embargo, con el correr del tiempo, mejoré.
No fue un progreso repentino; fue un crecimiento orgánico, progresivo, casi imperceptible. Hoy, a la luz de lo que sabemos sobre flexibilidad conductual y control motor, es posible comprender por qué sucedió. La flexibilidad conductual se define como la capacidad de lograr el mismo resultado de tarea utilizando diferentes soluciones de movimiento (1). El objetivo era siempre el mismo —evitar el gol—, pero nada más era estable. La superficie variaba, el pique era impredecible, los remates salían fuerte o con efecto; a veces alguien desviaba la pelota y otras el cansancio alteraba la reacción. Cada situación exigía una respuesta distinta. Sin saberlo, estaba encarnando lo que Bernstein describió como “repetición sin repetición”: la idea de que incluso en tareas bien aprendidas no existen dos ejecuciones idénticas (2).
No repetía movimientos; repetía problemas. Y cada repetición del problema obligaba a reorganizar la solución. Desde la perspectiva del control motor, el movimiento no es la ejecución lineal de un programa rígido, sino la emergencia de una dinámica distribuida entre corteza motora, ganglios basales, cerebelo, sistemas sensoriales y médula espinal (7). El cerebro no almacena técnicas congeladas; organiza patrones coordinativos funcionales que pueden reconfigurarse según las demandas del entorno (2).
La mejora no vino de fijar una técnica rígida, sino de ampliar el repertorio de soluciones. En habilidades abiertas como la portería, el entorno es inherentemente cambiante, y la estabilidad reside en el resultado de la tarea más que en la forma exacta del movimiento (1). Cada atajada generaba una predicción sensoriomotora, una comparación entre expectativa y resultado, un ajuste interno y una reorganización sináptica. La plasticidad neuronal permite fortalecer o debilitar conexiones y reorganizar mapas corticales en función de la experiencia (8). Cuando la práctica ocurre en entornos variables, no se consolida una única solución, sino un repertorio. Esto se relaciona con el concepto de degeneración funcional: diferentes configuraciones estructurales pueden producir el mismo resultado conductual (3).
El cuerpo, además, no se controla músculo por músculo. El sistema nervioso organiza sinergias: agrupaciones funcionales que coordinan múltiples segmentos para cumplir un objetivo (9). Si el hombro se retrasa en una estirada, la muñeca y el tronco pueden compensar; el resultado —atajar— puede mantenerse aunque el patrón varíe. Esta organización permite estabilidad de tarea con variabilidad de movimiento, núcleo de la flexibilidad conductual (1). El cerebelo desempeña un rol central en este proceso, participando en la corrección de error y en la actualización de modelos internos a través de comparaciones rápidas entre predicción y resultado (10).
La variabilidad, lejos de ser un ruido, puede tener estructura funcional. El análisis de la variabilidad desde perspectivas no lineales muestra que los sistemas expertos presentan microvariaciones organizadas que permiten adaptaciones sutiles sin pérdida de eficacia (5,11). Un portero rígido puede exhibir baja variabilidad, pero también escasa capacidad de ajuste. Un portero flexible presenta variabilidad organizada que sostiene el resultado bajo condiciones cambiantes.
La adaptación emerge de la interacción entre restricciones del individuo, de la tarea y del entorno (4). En la canchita, estas restricciones cambiaban constantemente: crecimiento físico, fatiga, características del remate, irregularidades del suelo, presión emocional. Esa complejidad auténtica obligaba al sistema a reorganizarse continuamente.
La emoción fue un componente determinante. La plasticidad neuronal no depende únicamente de la repetición física, sino también del significado emocional. La competencia real, el orgullo, la frustración y la celebración potencian los procesos de consolidación sináptica (14). Desde la perspectiva del aprendizaje motor, aquel entorno reunía alta frecuencia, alta variabilidad, feedback inmediato y carga emocional, condiciones favorables para el desarrollo adaptativo (1).
En síntesis, lo que ocurrió fue el desarrollo de degeneración funcional (3), plasticidad dependiente de la tarea (4, 8), exploración estructurada espontánea (11) y estabilidad de tarea con variabilidad de movimiento (1). No se consolidaba una técnica cerrada, sino una capacidad de reorganización.
Cuando la vivencia encuentra teoría
Educación Física como ampliación del repertorio
La educación física escolar actuó como ampliación del repertorio motor general:
Desarrollo de habilidades motoras básicas.
Mejora de la coordinación general.
Ampliación del repertorio perceptivo.
Incremento del acoplamiento percepción–acción (12,13).
Estas experiencias enriquecen los mapas sensoriomotores y amplían el espacio de soluciones posibles ante demandas específicas.
Flexibilidad conductual y base neurofisiológica
El cerebro almacena soluciones, no técnicas
No guarda movimientos rígidos.
Organiza patrones coordinativos reconfigurables (2).
El movimiento emerge de la interacción distribuida de múltiples estructuras neurales (7).
Plasticidad neuronal
Fortalecimiento y debilitamiento sináptico (8).
Reorganización cortical dependiente de la experiencia.
Generación de degeneración funcional: distintas configuraciones → mismo resultado (3).
Sinergias motoras
Organización funcional de múltiples músculos (9).
Compensaciones internas.
Estabilidad de tarea con variabilidad de movimiento (1).
Rol del cerebelo
Corrección de error.
Predicción sensoriomotora.
Ajustes rápidos en milisegundos (10).
Variabilidad estructurada
Diferencia entre ruido y variabilidad funcional (5,11).
Exploración inicial → estabilización → microvariabilidad adaptativa.
Plasticidad dependiente de la tarea
Repetición rígida → optimización de una única solución.
Variabilidad contextual → ampliación de redes alternativas (4).
Flexibilidad, variabilidad de movimiento y rendimiento de la tarea.
La figura presentada corresponde al trabajo de Ranganathan, Lee y Newell (2020) sobre flexibilidad conductual en habilidades motoras (1). En ella se representan tres posibles relaciones entre patron del movimiento (Δ Movement Pattern) y error en la tarea (Task error), ilustrando cómo la flexibilidad puede medirse y cómo puede influir o no en el rendimiento.
Gráfico A: “Planitud” de la curva y flexibilidad individual
En el primer gráfico (A) se observa una curva en forma de U de color azul que representa la relación entre el cambio en el patrón de movimiento (eje horizontal) y el error de tarea (eje vertical).
El punto 0 en el eje horizontal indica el patrón preferido o habitual.
A medida que el movimiento se desvía de ese patrón, el error puede aumentar.
Una curva más “plana” indica que el individuo puede variar más su patrón sin que el error aumente considerablemente.
Según Ranganathan et al. (1), la flexibilidad conductual puede medirse por la planitud de esta curva. Cuanto más plana, mayor es la capacidad del sistema para usar múltiples soluciones de movimiento manteniendo un rendimiento similar.
Gráfico B: Flexibilidad con costo potencial
En el segundo gráfico (B) se comparan dos individuos:
Azul: individuo más flexible (curva más plana).
Rojo: individuo menos flexible (curva más estrecha).
Aquí se introduce la idea de que la flexibilidad podría tener un costo. El individuo menos flexible muestra menor rango de variabilidad (línea sólida roja), mientras que el más flexible explora un rango mayor (línea azul).
La extrapolación (línea roja discontinua) muestra qué ocurriría si el menos flexible intentara ampliar su variabilidad.
Según los autores (1), este análisis permite observar si la mayor flexibilidad implica mayor error. Si el individuo más flexible presenta mayor error promedio, entonces la flexibilidad podría tener un costo en el rendimiento.
Gráfico C: Flexibilidad como ventaja de rendimiento
En el tercer gráfico (C), el individuo más flexible no solo presenta una curva más plana, sino también menor error mínimo.
Aquí la flexibilidad no implica costo, sino ventaja.
Esto sugiere que un sistema con mayor repertorio de soluciones puede encontrar configuraciones más eficientes que un sistema rígido.
Ranganathan et al. (1) señalan que, en este caso, mayor flexibilidad puede conducir a un mejor rendimiento global.
Flexibilidad y construcciones asociadas de aprendizaje.
La figura corresponde al trabajo de Ranganathan, Lee y Newell (2020) y presenta la relación entre flexibilidad conductual y distintos constructos del aprendizaje motor (1). Cada gráfico utiliza dos parámetros hipotéticos de movimiento (M1 y M2). Las curvas o contornos representan combinaciones de parámetros que logran el mismo resultado de tarea. Es decir, cada punto sobre una misma curva constituye una solución de movimiento funcionalmente equivalente (2).
Gráfico A: Flexibilidad y transferencia
En el primer gráfico (A) se distingue entre flexibilidad y transferencia.
Flexibilidad implica desplazarse de un punto a otro dentro del mismo contorno (misma tarea, mismo resultado).
Transferencia, en cambio, implica pasar de un contorno a otro (nuevo resultado o nueva tarea).
La línea azul representa un conjunto de soluciones que producen el mismo resultado. El desplazamiento sobre esa misma curva (mismo contorno) ilustra flexibilidad: el sistema reorganiza parámetros sin alterar el resultado final. El punto naranja representa cambio hacia otro contorno, es decir, modificación del resultado.
Ranganathan et al. (1) aclaran que flexibilidad no es simplemente cambiar de tarea, sino variar la solución manteniendo el objetivo.
Gráfico B: Flexibilidad y variabilidad
El gráfico (B) aborda la dificultad de inferir flexibilidad únicamente a partir de la variabilidad observada.
En el centro aparecen puntos que representan ejecuciones repetidas. La elipse azul indica alta flexibilidad: el sistema posee un repertorio amplio de soluciones posibles dentro del mismo resultado. La elipse naranja indica baja flexibilidad: menor rango de soluciones.
La variabilidad observada puede ser similar en ambos casos, pero su significado es distinto. Puede representar:
Exploración dentro de un amplio repertorio (alta flexibilidad).
Ruido dentro de un repertorio limitado (baja flexibilidad).
Por eso, como señalan los autores (1), variabilidad y flexibilidad no son sinónimos.
Gráfico C: Flexibilidad y nivel de habilidad
El gráfico (C) relaciona flexibilidad con el nivel de habilidad.
A medida que el nivel de destreza aumenta, el sistema tiende a estabilizarse en regiones más eficientes del espacio de soluciones. Las elipses muestran que el espacio de degeneración (posibilidades equivalentes) puede reducirse con el aumento del rendimiento.
Esto implica una paradoja:
Con mayor nivel técnico, puede disminuir la amplitud de soluciones disponibles para lograr el mismo resultado.
Ranganathan et al. (1) sugieren que en niveles altos puede volverse más difícil encontrar nuevas soluciones sin comprometer el rendimiento.
Gráfico D: Flexibilidad y exploración
El gráfico (D) introduce la relación entre flexibilidad y exploración.
Explorar significa buscar nuevas soluciones dentro o fuera del patrón actual.
El desplazamiento dentro de la zona azul indica exploración dentro del mismo patrón.
La franja roja representa una región inestable o menos eficiente.
El punto amarillo indica una nueva solución cualitativamente diferente.
Los autores (1) plantean que encontrar nuevas soluciones puede requerir atravesar regiones inestables del espacio de movimiento, lo que demanda tiempo, creatividad y tolerancia al error.
Conclusión
Elegí escribir en primera persona porque no hablo desde una teoría leída únicamente en libros, sino desde algo que atravesé en el cuerpo. Lo que hoy puedo explicar con conceptos como plasticidad, sinergias, variabilidad funcional o flexibilidad conductual, primero lo viví en la canchita, en la escuela. Lo experimenté antes de poder nombrarlo. Esa es la razón de la primera persona: no es un recurso literario, es coherencia con la experiencia.
Con el tiempo, cuando ingresé al proceso de juveniles en Lanús, esa base adquirida de manera aparentemente “informal” comenzó a cobrar otro sentido. Allí apareció el trabajo técnico específico, el análisis del juego, la lectura de trayectorias, la anticipación, el timing fino, la toma de decisión bajo presión estructurada. Y lejos de entrar en contradicción con lo que había construido en el barrio, esa formación técnica potenció aquello que ya estaba instalado: la capacidad de adaptarme.
Comprendí entonces que la técnica no reemplaza la flexibilidad previa; la organiza. El análisis del juego no anula la intuición; la afina. La anticipación no surge de memorizar situaciones, sino de haber explorado muchas antes. En juveniles pude vivenciar con claridad cómo esa arquitectura invisible construida en la infancia me permitía incorporar conceptos técnicos con mayor rapidez y profundidad. No llegaba vacío: llegaba con un sistema dispuesto a reorganizarse.
Es cierto que no jugué en Primera División, donde entran en juego otros criterios. Pero incluso sin haber transitado ese último escalón, pude comprobar en carne propia cómo la base adaptativa marcaba diferencias reales cuando el nivel de exigencia aumentaba. La flexibilidad conductual no es un discurso teórico; se siente en el campo cuando el tiempo se acorta y el entorno se vuelve más complejo.
Por eso hoy no entiendo el entrenamiento del portero como una oposición entre el entrenador y el juego libre. Tampoco lo entiendo como “tirar pelotas”, dejar todo de forma liberada. El entrenador no compite con el juego; puede diseñarlo. No sustituye la exploración; puede provocarla. No reemplaza la incertidumbre; puede crear contextos que la simulen.
El desafío no es eliminar la variabilidad, sino estructurarla. No es imponer una técnica rígida, sino guiar procesos que amplíen el espacio de soluciones. No es buscar que el portero repita exactamente el mismo gesto, sino que sostenga el resultado en escenarios cambiantes.
Como entrenadores, podemos diseñar tareas con restricciones variables, manipular distancias, trayectorias, tiempos de decisión, estímulos perceptivos. Podemos crear contextos que obliguen al sistema a reorganizarse. Podemos generar entornos donde emerja la flexibilidad conductual en lugar de sofocarla.
Porque al final, el portero no compite contra un movimiento ideal; compite contra la incertidumbre. Y la incertidumbre no se vence con rigidez, sino con capacidad de adaptación.
Si algo me dejó aquel recorrido —de la canchita a juveniles— es la certeza de que la excelencia en la portería no se construye solo corrigiendo gestos, sino ampliando posibilidades. No se trata de elegir entre estructura o libertad. Se trata de comprender que la verdadera formación ocurre cuando diseñamos contextos que obligan al portero a pensar, sentir y reorganizarse constantemente.
“En el portero: El arco es estable, el entorno es inestable y el cuerpo debe ser adaptable.
Eso es “repetición sin repetición”.”
Referencias
Ranganathan R, Lee MH, Newell KM. Repetition without repetition: challenges in understanding behavioral flexibility in motor skill. Front Psychol. 2020;11:2018.
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