Una mirada integral sobre cómo entrenar porteros a partir de la persona
Aarón Fernandez - Daniel Canuhe - Nahuel Guzman - Luis Patricio Gomez - Antonio Carrera - Felipe Rodriguez.
Introducción
Una pelota que entra o sale también es una emoción
Durante muchos años, la formación del entrenador de porteros se centró casi exclusivamente en lo visible: la técnica del blocaje, el posicionamiento, la lectura de trayectorias, la potencia del salto, la velocidad de reacción. Todo eso es imprescindible y sigue siéndolo. Sin fundamentos no hay portero. Pero quien haya vivido la portería desde adentro, o haya acompañado a alguien que la vive, sabe que eso no alcanza para explicar por qué una pelota sale o entra.
El fútbol, y en particular el puesto de portero, está hecho de emociones, pasiones, estados de ánimo, miedos, confianza, dudas y valentía. El portero es el jugador más expuesto al error: cuando un delantero falla, el partido sigue; cuando falla el portero, casi siempre hay gol. Y ese gol queda en la memoria del estadio, del vestuario, de las redes sociales y, sobre todo, de él mismo. Entrenar porteros, entonces, es mucho más que entrenar acciones. Es acompañar a una persona que vive cada partido en una frontera muy fina entre el acierto y el juicio público.
De esa convicción nace la idea del entrenador de porteros tridimensional: un formador que trabaja sobre tres dimensiones que se sostienen mutuamente. La primera son los fundamentos, el conocimiento técnico, táctico y físico que da sustento a todo lo demás. La segunda es lo psicológico, el acompañamiento de la mente, de las emociones y de la manera en que el portero procesa la competencia. La tercera, y la que considero clave, es el corazón: la persona, su identidad, su historia, sus sueños, su familia y su contexto.
La Biblia lo expresa con una claridad que siempre me ha impactado: "el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón" (1 Samuel 16:7). Como entrenadores solemos mirar lo que está delante de nuestros ojos: el gesto, la caída, el despeje. El desafío del entrenador tridimensional es aprender también a mirar el corazón.
Este artículo no pretende ser una teoría cerrada. Es la forma en que he intentado, e intento cada día, construir mi carrera. Lo comparto con la esperanza de que sirva a porteros, a entrenadores de porteros y a cualquier persona que tenga la responsabilidad de acompañar a deportistas.
El marco del entrenamiento tridimensional
El entrenamiento 3D no es una idea que inventé yo. El modelo fue desarrollado por Jeff Duke en su libro 3D Coaching: Redeeming the Lost Art of Coaching y difundido por el 3D Coaching Institute de la Fellowship of Christian Athletes. Lo que intento en este artículo es llevar ese marco a la portería, cruzarlo con mi formación docente y con lo que la ciencia del entrenamiento nos dice hoy, y contar cómo lo vivo en el día a día.
El modelo se representa como una pirámide de tres niveles. Cada nivel suma una dimensión de la persona y cambia la mirada del entrenador:
Una aclaración importante: las tres dimensiones no se entrenan por separado ni en orden, como si primero se terminara la técnica y después se pasara al corazón. Se entrenan a la vez, en cada sesión, en cada corrección, en cada charla. Lo que cambia es la conciencia del entrenador sobre lo que está tocando en cada momento.
Primera Dimensión
Los fundamentos como punto de partida y sustento.
Sin conocimiento no hay acompañamiento posible
Conviene aclararlo desde el inicio para que no haya malentendidos: hablar del corazón no significa restarle importancia a lo técnico. Al contrario. Los fundamentos son el suelo sobre el que se construye todo lo demás. Un entrenador que solo ofrece cercanía, sin un conocimiento sólido del puesto, no forma porteros; acompaña sin rumbo. Y el portero, que es muy perceptivo, lo nota rápidamente.
El portero necesita fuerza, potencia, velocidad, rapidez de reacción y una base física que le permita sostener el esfuerzo. Necesita aprender a colocarse en relación con el balón y la portería, a leer el juego, a decidir cuándo salir y cuándo esperar, a blocar, a desviar, a caer sin lastimarse, a jugar con los pies, a ordenar a su defensa. Necesita repetición, corrección, progresión y un sentido claro de por qué hace lo que hace. Necesita un entrenador que conozca el puesto en profundidad, que se actualice permanentemente y que sepa generar contextos donde el portero pueda descubrir el porqué de cada decisión, y no solo recibir el cómo debe hacerlo, sin que el entrenador le resuelva la problemática.
La credibilidad del entrenador nace en gran parte de ahí. Cuando el portero comprueba que las correcciones funcionan, que el trabajo tiene lógica y que su entrenador sabe de lo que habla, se genera una confianza profesional que luego habilita la confianza personal.
La pregunta de fondo: ¿qué hace que un portero adhiera al conocimiento?
Aquí aparece la pregunta central de este artículo. ¿Por qué algunos porteros incorporan rápidamente una corrección y otros la resisten, la olvidan o la viven como un ataque? ¿Por qué el mismo ejercicio, explicado de la misma forma, genera aprendizaje en un portero y rechazo en otro?
La psicología del deporte ofrece una respuesta interesante. La Teoría de la Autodeterminación, desarrollada por Edward Deci y Richard Ryan, sostiene que la motivación más profunda y duradera aparece cuando se satisfacen tres necesidades psicológicas básicas: la autonomía (sentir que uno participa de lo que hace), la competencia (sentir que uno progresa y es capaz) y la relación (sentirse conectado y valorado por los demás). Cuando el entrenador descuida la tercera, el vínculo, las otras dos se debilitan.
Mi experiencia confirma lo que la teoría plantea: la puerta de entrada a los fundamentos no es técnica, es humana. Cuando el portero se siente visto, comprendido y acompañado, se vuelve mucho más receptivo al conocimiento. El corazón abre la puerta; los fundamentos entran por ella.
La Dinámica Ecológica: aprender a atajar es aprender a percibir
Esta mirada encuentra un respaldo muy sólido en la Dinámica Ecológica, el marco desde el cual entiendo el trabajo con porteros. Desarrollado por autores como Keith Davids, Chris Button, Simon Bennett, Ian Renshaw y Duarte Araújo, este enfoque toma las ideas del psicólogo James Gibson y plantea que el portero no aprende acumulando gestos técnicos "ideales" que luego aplica en el partido, sino que aprende a percibir y actuar en relación con el entorno.
Gibson llamó affordances (oportunidades de acción) a lo que el entorno le ofrece a cada persona según sus capacidades. Un centro pasado puede ser una oportunidad de salida para un portero y una amenaza que lo obliga a quedarse para otro. Esa oportunidad no está solo en la pelota: está en la relación entre la pelota, el contexto y el portero que la percibe. Por eso el entrenamiento busca que el portero se encuentre con situaciones representativas del juego real, donde percepción, decisión y acción estén acopladas, en lugar de repetir movimientos aislados de toda lectura.
Karl Newell describió el aprendizaje motor como el resultado de la interacción de tres tipos de restricciones: las del individuo, las de la tarea y las del entorno. El entrenador no "instala" la técnica; modifica esas restricciones (el espacio, la distancia, el número de rivales, las reglas de la tarea) para que el portero explore y encuentre soluciones funcionales propias. Su rol se parece más al de un diseñador de entornos de aprendizaje que al de un instructor que dicta el modelo correcto. La repetición sigue siendo clave, pero es lo que Nikolai Bernstein llamó repetición sin repetición: resolver una y otra vez el mismo problema, nunca de la misma manera.
Donde la Dinámica Ecológica y el corazón se encuentran
Aquí está el punto que une todo el artículo. Dentro de las restricciones del individuo no solo están la altura, la fuerza o la velocidad de reacción: también están sus emociones, su confianza, sus miedos, su motivación y su historia. Un portero que llega con una preocupación familiar, que viene de un error que lo marcó o que siente que su lugar en el grupo no está claro, no percibe el entorno de la misma manera. Las oportunidades de acción que ve se achican. Ese centro que en un buen día sería una invitación a salir, en un mal día se convierte en una amenaza que lo deja clavado en la línea.
James Headrick, Ian Renshaw, Keith Davids, Ross Pinder y Duarte Araújo lo plantearon de forma explícita en su trabajo sobre el diseño afectivo del aprendizaje (2015): las emociones no son un ruido que hay que eliminar del entrenamiento, sino parte de lo que el deportista debe aprender a gestionar, y las tareas deben ser representativas también en lo emocional. Martyn Rothwell, Keith Davids y otros autores ampliaron el enfoque hacia las restricciones socioculturales: las costumbres, los valores y las relaciones del entorno en el que el deportista vive moldean cómo aprende y cómo actúa.
La consecuencia para el perfil del entrenador es directa. Si las emociones y el contexto del portero condicionan lo que percibe y lo que hace, entonces conocer su corazón no es un complemento afectivo del entrenamiento: es parte del método. El entrenador que trabaja desde la Dinámica Ecológica y no conoce a la persona está diseñando tareas para un portero que no existe, uno sin historia, sin miedos y sin contexto.
“Las emociones no son un ruido que hay que eliminar del entrenamiento, sino parte de lo que el deportista debe aprender a gestionar, y las tareas deben ser representativas también en lo emocional.”
Segunda Dimensión
Lo psicológico como acompañamiento
La segunda dimensión reconoce que el cuerpo no juega solo. Motivación, confianza, emociones, cohesión de grupo y metas claras condicionan lo que el portero hace con lo que sabe. Un portero técnicamente impecable puede quedar paralizado por el miedo a equivocarse; uno con menos recursos puede rendir por encima de lo esperado cuando se siente seguro y respaldado.
Dominar los momentos: no todo se dice en cualquier momento
Una misma corrección puede construir o destruir según cuándo y cómo se transmita. Por eso considero esencial que el entrenador de porteros desarrolle una sensibilidad especial para leer los momentos. Eclesiastés lo enseñó hace miles de años: "Todo tiene su tiempo", y entre esos tiempos menciona que hay "tiempo de callar, y tiempo de hablar" (Eclesiastés 3:1, 7).
Antes de intervenir, el entrenador 3D se hace algunas preguntas. ¿Cómo fue la competencia? ¿El portero viene de un error que costó puntos o de una actuación destacada? ¿Qué día es: el día posterior al partido, la previa de una final, una jornada de carga en mitad de semana? ¿Cómo está él hoy, no como jugador, sino como persona? ¿Durmió bien, tiene alguna preocupación, algo cambió en su vida?
Las respuestas a esas preguntas cambian por completo la forma de intervenir. Hay días para corregir con detalle y días para simplemente estar. Hay momentos para analizar el gol recibido y momentos en los que el portero necesita primero procesar lo que siente antes de poder escuchar una sola indicación técnica. Después de un error grave, el portero suele estar a la defensiva emocionalmente; cualquier corrección, por acertada que sea, puede ser escuchada como una condena. Veinticuatro o cuarenta y ocho horas después, esa misma corrección puede ser recibida como una ayuda.
Proverbios lo resume con una imagen hermosa: "Manzana de oro con figuras de plata es la palabra dicha como conviene" (Proverbios 25:11). La palabra correcta en el momento correcto tiene un valor enorme. La misma palabra en el momento equivocado pierde su valor o, peor aún, hace daño.
Dominar las formas: cómo se dice importa tanto como qué se dice
Junto con el momento está la forma. El tono, el volumen, el lugar, la presencia o no de otras personas, el lenguaje corporal. No es lo mismo corregir delante de todo el plantel que hacerlo en una conversación a solas. No es lo mismo un gesto de fastidio al costado de la portería que una mano en el hombro y un "repetimos, que la próxima sale".
"La blanda respuesta quita la ira; mas la palabra áspera hace subir el furor" (Proverbios 15:1). La firmeza no necesita aspereza. Se puede ser muy exigente con un tono sereno, y muchas veces esa serenidad hace que la exigencia llegue mejor.
Espacios agradables: la seguridad como condición del aprendizaje
El aprendizaje florece en ambientes donde la persona se siente segura. Amy Edmondson, profesora de la Universidad de Harvard, desarrolló el concepto de seguridad psicológica: la creencia compartida de que en un grupo se puede asumir un riesgo, preguntar, equivocarse o expresar una duda sin ser humillado ni castigado. Sus investigaciones muestran que los equipos con mayor seguridad psicológica aprenden más y mejor, porque sus integrantes no gastan energía en protegerse.
Trasladado a la portería, esto es fundamental. Un portero que teme ser ridiculizado por un error en el entrenamiento va a evitar arriesgarse: no va a intentar la salida que le cuesta, no va a probar el pase largo que todavía no domina. Y sin riesgo no hay crecimiento.
Un espacio agradable no significa un espacio sin exigencia. Significa un espacio donde la exigencia convive con el respeto, donde el error es parte del proceso y no motivo de burla, donde hay lugar para el buen humor sin perder el foco, donde el portero llega con ganas y no con miedo.
Una comunicación que escucha
La comunicación es la herramienta principal del entrenador. Una buena comunicación es clara, honesta, oportuna y coherente. Pero sobre todo es bidireccional. El apóstol Santiago dejó una indicación que todo entrenador debería tener presente: "todo hombre sea pronto para oír, tardo para hablar, tardo para airarse" (Santiago 1:19).
Muchas veces la información más valiosa para corregir una acción técnica aparece cuando el portero cuenta cómo la vivió: qué vio, qué sintió, qué dudó, en qué momento tomó la decisión. Preguntar "¿qué viste ahí?" antes de decir "lo que tenías que hacer era..." cambia por completo la conversación. El portero deja de ser un receptor pasivo de correcciones y se convierte en protagonista de su propio aprendizaje y es, además, coherente con la Dinámica Ecológica: el problema lo resuelve él, yo lo ayudo a ver.
El video: herramienta de crecimiento, no tribunal
Uno de los grandes desafíos es lograr que el portero pueda verse en video y corregirse sin pensar que se lo quiere exponer o perjudicar. Cuando el vínculo está construido, el video cambia de significado: ya no es "mirá lo que hiciste mal", sino "miremos juntos qué podemos hacer mejor". Algunas prácticas que me ayudaron:
Empezar mostrando también las buenas acciones, no solo los errores.
Dejar que el portero analice primero, antes de dar mi opinión.
Enfocarse en pocos puntos y no en una lista interminable de fallas.
Cerrar siempre con un plan concreto de trabajo.
Carol Dweck describe la diferencia entre una mentalidad fija, que vive el error como prueba de incapacidad, y una mentalidad de crecimiento, que lo vive como información para mejorar. El video, bien utilizado, construye la segunda.
Metas y cohesión del grupo
El establecimiento de metas le da dirección a la motivación. Metas claras, alcanzables y acordadas con el portero, no impuestas, transforman el entrenamiento diario en un camino con sentido. Y la cohesión del grupo de porteros, que desarrollo más adelante, convierte la competencia interna en un motor y no en una amenaza.
Construir caracteres competitivos
Acompañar no es sobreproteger. El portero vive en un entorno exigente, y nuestro trabajo también es formar caracteres competitivos: profesionales que sepan sostener la presión, levantarse después del error, asumir la responsabilidad de su puesto y aportar desde su lugar al equipo.
Ronald Smith y Frank Smoll, investigadores de la Universidad de Washington, demostraron a través de sus programas de formación de entrenadores (Coach Effectiveness Training y luego el Mastery Approach to Coaching) que los entrenadores que combinan exigencia con refuerzo positivo, aliento después del error e instrucción técnica clara generan deportistas con menos ansiedad, más autoestima y mayor continuidad en la práctica deportiva.
La contención emocional y la exigencia no se oponen. La contención es precisamente lo que permite que la exigencia sea sostenible en el tiempo. Un portero que sabe que no va a ser abandonado después de un error puede exigirse más, porque el miedo deja de paralizarlo.
Tercera Dimensión
El corazón como clave
La tercera dimensión es la que le da sentido a las otras dos. Habla de identidad, carácter, importancia, valor, autoestima y propósito. Es la pregunta de quién es el portero cuando se saca los guantes, y de si su valor como persona depende del último partido o descansa en algo más firme.
El portero como un ser integral
En mi formación en el profesorado, en la cátedra de Didáctica General, aprendí una idea que transformó mi forma de entrenar: ver al sujeto como un todo. Una persona que siente, piensa, ama, realiza y se desenvuelve en contextos cambiantes. El portero no deja de ser hijo, pareja, padre, hermano, amigo o estudiante cuando cruza la puerta del vestuario. Lleva consigo su historia, sus preocupaciones, sus alegrías y sus sueños.
El pensador francés Edgar Morin, en Los siete saberes necesarios para la educación del futuro, plantea que uno de los grandes desafíos de la educación es enseñar la condición humana: comprender que el ser humano es a la vez biológico, psíquico, social, afectivo y racional, y que no se lo puede fragmentar sin perder su esencia. El entrenamiento deportivo tradicional muchas veces fragmentó al deportista en partes: lo físico, lo técnico, lo táctico. El entrenador 3D intenta recomponerlo, es exactamente el paso del dualismo al holismo
Proverbios advierte: "Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón; porque de él mana la vida" (Proverbios 4:23). Si del corazón mana la vida, también mana el rendimiento. Un corazón herido, preocupado o vacío difícilmente sostenga una actuación de alto nivel durante noventa minutos.
Identidad: el portero no es su último error
Uno de los riesgos más grandes del puesto es que el portero construya toda su identidad sobre su rendimiento. Si soy lo que atajo, cada gol recibido me quita valor como persona. Ese portero juega con miedo, porque en cada pelota se juega mucho más que un resultado.Parte de mi trabajo es ayudarlo a separar las dos cosas: el error es real y hay que corregirlo, pero no define quién es. Un portero que sabe que su valor no depende del marcador puede arriesgar, salir, decidir, equivocarse y volver a intentarlo. La autoestima sana no lo vuelve menos competitivo; lo vuelve más libre para competir.
Los contextos que atraviesan al portero
El psicólogo Urie Bronfenbrenner desarrolló la teoría ecológica del desarrollo humano, según la cual la persona crece dentro de sistemas que se influyen mutuamente: la familia, la escuela, el club, el barrio, la cultura. Lo que ocurre en un sistema impacta en los demás.
Un club es un contexto cambiante: llegan y se van entrenadores, compañeros, dirigentes; cambian los objetivos, las presiones, las oportunidades. La familia es otra institución con sus propias dinámicas: mudanzas, separaciones, nacimientos, enfermedades, dificultades económicas. El portero se mueve entre ambos mundos, y lo que sucede en uno se filtra en el otro.
Un problema en casa puede aparecer como falta de concentración en un ejercicio de reacción. Una inseguridad sobre su continuidad en el club puede manifestarse como tensión en las salidas por alto. Una ruptura amorosa puede explicar una semana de entrenamientos apagados. Si el entrenador solo mira la técnica, va a intentar corregir con técnica un problema que no es técnico.
Conocer su historia para comprender su obrar
Conocer de dónde viene un portero permite entender sus pensamientos y su forma de actuar dentro del trabajo en equipo. No es lo mismo un chico que creció en un entorno de mucha contención que otro que tuvo que hacerse fuerte solo desde muy pequeño. No es lo mismo quien llegó al club desde otra provincia o país, lejos de su familia, que quien vuelve cada noche a su casa. No es lo mismo quien tiene el fútbol como una opción entre muchas que quien carga con la expectativa de sostener económicamente a su familia.
Por eso considero parte de mi trabajo conocer sus sueños, sus proyectos personales, la conformación de su familia y su contexto. No por curiosidad ni por invadir su intimidad, sino porque ese conocimiento me permite detectar con mayor precisión posibles fluctuaciones en su estado de ánimo y actuar a tiempo. Proverbios aconseja: "Sé diligente en conocer el estado de tus ovejas" (Proverbios 27:23). El buen pastor conoce a su rebaño; el buen entrenador conoce a sus porteros.
Un entrenador que conoce a la persona puede anticiparse. Uno que solo conoce al jugador casi siempre llega tarde.
Paulo Freire y el querer bien
El educador brasileño Paulo Freire, en Pedagogía de la autonomía, dedica capítulos a ideas que parecen escritas para entrenadores: enseñar exige saber escuchar, enseñar exige respeto a la autonomía del educando, y enseñar exige querer bien a los educandos. Freire aclara que querer bien no significa renunciar a la autoridad ni a la exigencia, sino asumir que la afectividad no está reñida con la seriedad del proceso formativo.
Esa es exactamente la propuesta del entrenador 3D: querer bien al portero sin dejar de formarlo con rigor.
Reuniones fuera del club: otros contextos, otras conversaciones
Hay temas que difícilmente aparecen dentro del predio. El ambiente del club, con sus jerarquías, sus miradas, sus tiempos acotados y sus rumores, no siempre invita a abrirse. Un portero puede tener algo importante para contar y no encontrar el momento ni el lugar dentro de la rutina diaria.
Por eso valoro mucho los encuentros fuera del área de entrenamiento y del club: compartir un café, una comida, una caminata, una charla en otro lugar. Prestarse a otros contextos permite que surjan conversaciones que en el día a día quedan ocultas. Allí el portero puede contar lo que le preocupa, lo que lo ilusiona, lo que no se anima a decir delante de otros. Y allí el entrenador también puede mostrarse como persona, con sus propias historias, lo que humaniza el vínculo y fortalece la confianza que luego se traslada al trabajo diario.
Estos espacios deben cuidarse con criterio: siempre dentro de un marco de respeto, de profesionalismo y, en el caso de porteros menores de edad, con el conocimiento y acompañamiento de sus familias y de la institución.
Compartir experiencias en el mini grupo de porteros
Los porteros forman un grupo muy particular dentro del plantel. Comparten un puesto único, entrenan juntos, compiten entre sí por un solo lugar y, al mismo tiempo, se necesitan. Generar espacios donde puedan compartir experiencias y cuestiones personales alimenta a ese mini grupo y lo convierte en un verdadero equipo dentro del equipo.
Cuando un portero cuenta cómo superó un error, cómo manejó una larga suplencia, cómo vivió su debut o cómo se recuperó de una lesión, los demás aprenden de esa experiencia de una manera que ninguna charla técnica puede reemplazar. "Hierro con hierro se aguza; y así el hombre aguza el rostro de su amigo" (Proverbios 27:17). En un buen grupo de porteros, cada uno afila al otro: en el entrenamiento, compitiendo; en la vida, compartiendo.
Del portero número 4 al número 1: todos son parte del objetivo
Uno de los puntos que considero más importantes, y a veces más descuidados, es la gestión del grupo completo de porteros. El titular recibe naturalmente la mayor atención: juega, está expuesto, carga con la responsabilidad del resultado. Pero el segundo, el tercero y el cuarto también son parte del proyecto, y deben sentirlo.
El apóstol Pablo utiliza la imagen del cuerpo para explicar la importancia de cada parte: "Ni el ojo puede decir a la mano: No te necesito", y agrega que "los miembros del cuerpo que parecen más débiles, son los más necesarios" (1 Corintios 12:21-22). En un grupo de porteros ocurre lo mismo. Quien parece menos importante porque no juega puede ser decisivo para el funcionamiento de todo el grupo.
Cada uno necesita comprender su rol:
El titular sostiene la responsabilidad del partido y es referencia para los más jóvenes.
El suplente que entrena con intensidad eleva el nivel del titular y lo obliga a no relajarse.
El tercer portero muchas veces sostiene el ánimo del grupo: una función invisible pero muy valiosa.
El cuarto, generalmente el más joven, está en plena formación y necesita sentir que su crecimiento importa aunque hoy no tenga minutos ni convocatorias.
Algunas acciones concretas ayudan a construir esto: dedicar tiempo individual también a los que no juegan; explicarles con claridad y honestidad cuál es su situación y qué se espera de ellos; reconocer públicamente su aporte en el trabajo semanal; involucrarlos en el análisis de los partidos; y recordarles que en el fútbol las oportunidades llegan de forma inesperada, y que el que está preparado es el que las aprovecha.
Cuando cada portero comprende que su trabajo aporta a los objetivos comunes, desaparece la sensación de ser "uno más que entrena" y aparece el sentido de pertenencia. Un grupo con sentido de pertenencia compite de forma sana, se apoya y crece en conjunto. Hacer sentir importante al número 4 no le quita nada al número 1. Al contrario: fortalece todo el sistema.
Esto también es una forma de combatir el sentido de merecimiento del que habla el marco 3D: nadie tiene el lugar asegurado, y nadie está descartado.
La fina línea: cercanía no es amistad complaciente
El riesgo de confundir los roles
Aquí aparece uno de los desafíos más delicados del entrenador 3D. Trabajar desde el corazón implica cercanía, y la cercanía puede confundirse. Siempre nos movemos en la fina línea de no creer que, por el vínculo construido, somos amigos y por eso debemos dar concesiones, o permitir lo que, desde el sentido común, no corresponde.
Kim Scott, en su libro Radical Candor (traducido como Franqueza radical), propone un modelo muy útil para pensar esta tensión. Describe dos ejes: preocuparse personalmente por el otro y desafiarlo directamente. Cuando hay preocupación personal sin desafío, aparece lo que ella llama empatía ruinosa: queremos tanto caer bien que no decimos lo que el otro necesita escuchar. Cuando hay desafío sin preocupación personal, aparece la agresión desagradable. El punto ideal es la franqueza: me importás de verdad, y precisamente por eso te digo las cosas con claridad.
La cercanía como herramienta, no como permiso
La cercanía no es un permiso para todo. Es una herramienta. La utilizo para demostrarle al portero que voy a estar con él en las buenas y en las malas, que voy a estar para lo que necesite para mejorar, con la atención que corresponda. "En todo tiempo ama el amigo, y es como un hermano en tiempo de angustia" (Proverbios 17:17). Esa presencia en los momentos difíciles es el verdadero sentido de la cercanía.
Pero esa misma cercanía me obliga a ser más honesto, no menos. Precisamente porque me importa, no puedo mirar para otro lado cuando algo no está bien: una actitud que perjudica al grupo, una falta de compromiso, un hábito que pone en riesgo su carrera. Proverbios lo dice de manera contundente: "Fieles son las heridas del que ama" (Proverbios 27:6). Una corrección honesta de alguien que nos quiere puede doler, pero es fiel; un halago vacío puede agradar, pero no construye.
El afecto verdadero no consiente: acompaña y exige. Un entrenador que todo lo permite no quiere al portero; quiere ser querido por él. Y esa diferencia, tarde o temprano, el portero la percibe.
Acompañar en el error
Uno de los momentos donde más se pone a prueba el vínculo es después del error. El portero que acaba de cometer una falla decisiva suele sentirse solo, señalado por todos, juzgado por la tribuna, por los compañeros y por sí mismo. Es exactamente ahí donde el entrenador tiene que estar.
"Mejores son dos que uno", dice Eclesiastés, y explica que si uno cae, el otro levanta a su compañero; pero advierte: "¡ay del solo! que cuando cayere, no habrá segundo que lo levante" (Eclesiastés 4:9-10). El portero no debería quedarse nunca solo después de caer. Romanos agrega una actitud fundamental: "Gozaos con los que se gozan; llorad con los que lloran"(Romanos 12:15). Estar en la celebración es fácil. Estar en el dolor es lo que define el vínculo.
Acompañar en el error no significa negar el error ni minimizarlo. Significa que el análisis y la corrección llegan desde la contención, en el momento adecuado, y no como un castigo más sumado al que el portero ya se está imponiendo.
“Estar en la celebración es fácil. Estar en el dolor es lo que define el vínculo.”
Pedir perdón no es debilidad
Los entrenadores también nos equivocamos. Corregimos en un mal momento, levantamos la voz cuando no correspondía, tomamos una decisión injusta, no supimos leer una situación personal o fuimos duros cuando hacía falta paciencia. Cuando eso ocurre, pedir perdón no debería vivirse como un símbolo de debilidad, por más que uno sea el entrenador.
Al contrario: pedir disculpas enseña con el ejemplo. Muestra que el error es humano, que se puede reconocer y que se puede reparar. Si pretendemos que el portero asuma sus errores sin derrumbarse y sin buscar excusas, primero debemos mostrar que nosotros también podemos hacerlo. Santiago lo plantea como una práctica que sana: "Confesaos vuestras ofensas unos a otros" (Santiago 5:16).
La autoridad del entrenador no se debilita cuando reconoce un error; se debilita cuando lo niega, porque el portero sabe perfectamente cuándo su entrenador se equivocó. Negarlo erosiona la credibilidad. Reconocerlo la fortalece.
Un vestuario donde el entrenador reconoce sus fallos es un vestuario donde los jugadores se animan a expresar lo que sienten y lo que les pasa. Y desde ese punto, desde la honestidad compartida, es posible construir juntos para ser mejores en lo que hacemos.
Coherencia: no dejar que los resultados definan quién soy
El fútbol es un ambiente de resultados, y los resultados mueven emociones. Después de una victoria todo parece fácil; después de una derrota, todo se pone en duda. El entrenador que cambia de humor, de trato y de discurso según el marcador se vuelve volátil e impredecible, y eso genera inseguridad en quienes lo rodean.
Santiago describe muy bien este riesgo: "El hombre de doble ánimo es inconstante en todos sus caminos" (Santiago 1:8). Un entrenador de doble ánimo, eufórico el lunes después del triunfo y hostil el lunes siguiente después de la derrota, obliga a sus porteros a leer su estado emocional antes de poder concentrarse en el trabajo. Eso es energía que se pierde.
Por eso me propongo sostener un comportamiento coherente, una misma línea de conducta independientemente del resultado. El portero tiene que saber qué entrenador va a encontrar el lunes, haya ganado o perdido el domingo. Esa previsibilidad no es frialdad: es estabilidad. Y la estabilidad del entrenador es uno de los pilares sobre los que el portero puede apoyarse cuando todo alrededor se mueve.
Jim Thompson, fundador de la Positive Coaching Alliance en la Universidad de Stanford, propone la figura del entrenador de doble objetivo (Double-Goal Coach): aquel que busca ganar, pero que al mismo tiempo tiene como objetivo igual de importante enseñar lecciones de vida a través del deporte. Un entrenador con esa doble mirada no se derrumba ni se transforma con cada resultado, porque su propósito va más allá del marcador.
Ir con la verdad, decir las cosas con amor
Los denominadores comunes del profesional y el amateur
Creo profundamente que, tanto en el fútbol profesional como en el amateur, hay denominadores comunes que no deberían modificarse: ir con la verdad, respetar al otro, argumentar las decisiones y decir las cosas con amor, aunque para el otro no sean buenas noticias.
El apóstol Pablo resume esta actitud en una expresión que considero central para cualquier formador: "siguiendo la verdad en amor" (Efesios 4:15). La verdad sin amor se vuelve dura, cortante, a veces cruel. El amor sin verdad se vuelve complaciente, engañoso, inútil. La combinación de ambas es lo que construye.
Y Jesús lo planteó con una sencillez que no deja lugar a dudas: "sea vuestro hablar: Sí, sí; no, no" (Mateo 5:37). Claridad. Sin dobles mensajes, sin promesas que no se van a cumplir, sin dejar al portero con falsas expectativas.
Las noticias difíciles
Comunicarle a un portero que no va a seguir en el equipo, que no será tenido en cuenta o que otro ocupará su lugar es de las tareas más difíciles de esta profesión. Pero incluso esas noticias pueden darse con respeto y con humanidad:
Comunicarlo en persona y en privado, nunca por terceros ni por mensaje.
Explicar los motivos con argumentos, sin rodeos pero sin crueldad.
Reconocer el esfuerzo y el aporte que el portero hizo.
Escuchar su reacción sin ponerse a la defensiva.
Cuando es posible, ofrecer ayuda concreta para su siguiente paso.
La verdad dicha con cuidado duele, pero no humilla. La verdad escondida o dicha a destiempo rompe la confianza, y no solo la del portero afectado, sino la de todo el grupo que observa cómo se manejan estas situaciones.
El respeto como actitud: cómo le hablo al otro
Más allá de las palabras correctas
Quiero detenerme especialmente en este punto, porque creo que muchas veces se entiende el respeto de forma superficial. El respeto no se limita a evitar insultos o a no hablar mal de alguien. Entiendo el respeto, sobre todo, como hablarle de buena manera al otro, como una actitud que atraviesa cada interacción.
Es una actitud porque no depende del día, del resultado ni del humor. Está presente cuando corrijo y cuando felicito, cuando estoy tranquilo y cuando estoy molesto, cuando hablo con el titular y cuando hablo con el cuarto portero, cuando hablo con un jugador consagrado y cuando hablo con un chico de inferiores.
Las dimensiones de hablar bien al otro
El tono: se puede decir algo exigente sin gritar y algo firme sin agredir.
Las palabras: que describan lo que pasó y no etiqueten a la persona. "En esa salida llegaste tarde" se puede corregir; "sos lento" hiere y encasilla.
El cuerpo: mirar a los ojos, no dar la espalda mientras el otro habla, no hacer gestos de desprecio.
El lugar: no exponer en público lo que corresponde tratar en privado.
La palabra que edifica
Pablo dejó una indicación que considero una de las mejores guías para cualquier entrenador: "Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca, sino la que sea buena para la necesaria edificación, a fin de dar gracia a los oyentes"(Efesios 4:29).
Ese versículo contiene un criterio muy práctico para cada vez que voy a hablarle a un portero: ¿lo que voy a decir edifica? ¿Construye algo en él? ¿Le aporta, aunque sea difícil de escuchar? Si la respuesta es no, si solo estoy descargando mi frustración, probablemente sea mejor esperar.
Esto no significa evitar las correcciones duras. Una corrección exigente puede edificar muchísimo. Lo que no edifica es la descalificación, la ironía hiriente, la humillación delante de otros, el desprecio. Esas formas no corrigen: destruyen la confianza que hace posible cualquier corrección futura.
El respeto también es informar a tiempo
Hay otra cara del respeto que considero fundamental: notificar las cosas cuando corresponde. Respetar a un portero es no dejarlo enterarse por terceros de algo que le concierne. Es darle la información que necesita para tomar decisiones sobre su carrera y su vida. Es no hacerle perder tiempo con expectativas que sabemos que no se van a cumplir.
En la mayoría de las ocasiones, esa decisión debe pensarse en función de la persona. Digo "en la mayoría" porque siempre hay excepciones: hay situaciones en las que, por el bien común del equipo, ciertas cosas deben informarse en sus respectivos momentos y no antes. Saber manejar esos tiempos sin traicionar la confianza, sin mentir y sin dejar al portero expuesto, es parte del arte de conducir personas.
Un trato que se sostiene con todos
Filipenses invita a no hacer nada por contienda o por vanagloria, sino a estimar a los demás y a no mirar cada uno solo por lo suyo, sino también por lo de los otros (Filipenses 2:3-4). El respeto como actitud no distingue jerarquías. El portero observa cómo le hablo a él, pero también cómo le hablo al utilero, al chico de inferiores, al médico, al que limpia el vestuario. Y saca sus propias conclusiones.
El entrenador hacia afuera: staff, cuerpo técnico y compañeros
Cercanía con el staff y el cuerpo técnico
El rol del entrenador de porteros no termina en su grupo. También forma parte de un staff y de un cuerpo técnico, y allí también aplica la mirada tridimensional. Construir afecto y cercanía con los compañeros de trabajo permite que puedan contar con uno, sobre todo cuando las cosas no van bien.
En los momentos de crisis, con malos resultados, presiones dirigenciales o rumores de cambios, un cuerpo técnico unido, donde cada integrante sostiene al otro, transmite seguridad a todo el plantel. El entrenador de porteros puede ser, en esos momentos, una figura de equilibrio: alguien que escucha al entrenador principal, que acompaña al preparador físico, que aporta serenidad cuando otros la pierden.
Respeto en el área de trabajo
Con mis compañeros del área de porteros creo en el respeto desde el lugar que le damos a cada uno y desde la forma en que compartimos la construcción del trabajo. Nadie construye solo. Las ideas, las metodologías y las decisiones se enriquecen cuando se comparten, se discuten con argumentos y se respetan los aportes de cada integrante, sin importar su antigüedad o su jerarquía.
Darle lugar al otro es escucharlo, incluirlo en las decisiones, reconocer públicamente su trabajo y no apropiarse de los logros colectivos. Un área de porteros donde los entrenadores se respetan entre sí transmite ese mismo modelo a los porteros que forman.
El ejemplo como carta de presentación
Los porteros observan todo. Perciben cómo trata uno a cada persona del club, cómo reacciona ante una injusticia, cómo maneja la frustración, cómo se comporta cuando nadie lo está evaluando. A partir de eso construyen, de forma consciente o no, un juicio sobre quién es su entrenador y sobre lo que realmente quiere transmitir.
Albert Bandura, con su teoría del aprendizaje social, demostró que gran parte de lo que aprendemos lo aprendemos observando a otros, especialmente a quienes consideramos referentes. El entrenador es un modelo, lo quiera o no. Pablo le escribe a Timoteo, un líder joven: "sé ejemplo de los creyentes en palabra, conducta, amor, espíritu, fe y pureza" (1 Timoteo 4:12). Palabra y conducta van juntas.
Por eso entiendo que la manera en que me muestro ante los que están a mi lado en el día a día es mi verdadera carta de presentación. No sirve de nada hablar de respeto, honestidad y compromiso si mi conducta cotidiana dice otra cosa. El portero no aprende tanto de lo que digo; aprende, sobre todo, de lo que hago.
Contra la obsecuencia, a favor de la corrección
La obsecuencia no tiene lugar
Hay una actitud que no tiene lugar en el perfil que quiero construir: la obsecuencia. Decir que sí a todo para agradar, callar lo que pienso para no incomodar, aplaudir decisiones con las que no estoy de acuerdo para conservar un lugar, decirle al superior solo lo que quiere escuchar.
Pablo lo planteó de forma tajante: "¿O trato de agradar a los hombres? Pues si todavía agradara a los hombres, no sería siervo de Cristo" (Gálatas 1:10). Trasladado a nuestro ámbito: si mi objetivo principal es agradar, dejo de servir a lo que realmente importa, que es el crecimiento de los porteros y del equipo.
La obsecuencia puede parecer cómoda en el corto plazo, pero vacía de valor al entrenador. Un entrenador obsecuente deja de ser una voz confiable, porque nadie sabe si lo que dice es lo que piensa o lo que conviene. A la larga, perjudica al cuerpo técnico, al club y a los propios porteros.
En su lugar, propongo la corrección como objetivo de mejora de cada uno de los que me rodean, siempre con argumentos y con la forma adecuada. Y me propongo ser receptivo cuando alguien tiene algo para decirme o corregirme: un compañero, un superior o un portero. "El que ama la instrucción ama la sabiduría; mas el que aborrece la reprensión es ignorante" (Proverbios 12:1). Si le pido al portero que se mire en video y trabaje sobre sus errores, tengo que estar dispuesto a hacer lo mismo con los míos..
El liderazgo que sirve
Hay una escena del Evangelio que, para mí, resume el espíritu del entrenador 3D. En Juan 13, Jesús, el maestro, se levanta de la mesa, toma una toalla y lava los pies de sus discípulos. Luego les explica que lo hizo para darles ejemplo, para que ellos hicieran lo mismo (Juan 13:14-15).
La autoridad del maestro no disminuyó por servir; se volvió más profunda. Lo mismo ocurre con el entrenador. La autoridad que nace del servicio, de estar presente, de acompañar en el error, de pedir perdón cuando corresponde y de decir la verdad con amor, es mucho más sólida que la autoridad que nace solo del cargo o del grito.
Resultados del entrenamiento 3D en el portero
Cuando las tres dimensiones se trabajan juntas, los efectos se notan en el portero y en el grupo. El marco 3D los resume en seis resultados; así los veo yo en la portería:
Ninguno de estos resultados es exclusivo de una dimensión. El portero que aprende más rápido lo hace porque la técnica está bien enseñada, porque su mente está tranquila y porque su corazón está en paz. Esa es la lógica de la pirámide: cada nivel potencia a los otros.
Conclusión
El entrenador que elijo ser
Cuando empecé en esto, creía que mi trabajo era enseñar a atajar. Con los años entendí que enseñar a atajar es solo una parte, la base de la pirámide. Sigo creyendo en los fundamentos con todo mi convencimiento: estudio, me actualizo, diseño cada tarea pensando en que el portero descubra, decida y resuelva. Pero también aprendí que ese conocimiento solo llega a destino cuando la persona que lo recibe se siente vista, cuidada y acompañada.
Aprendí que una misma palabra puede levantar o hundir, según el día y la forma en que se diga. Aprendí que el portero que no juega necesita tanto de mí como el que juega. Aprendí que la cercanía no me obliga a conceder, sino a ser más honesto. Aprendí que pedir perdón no me resta autoridad, sino que me la devuelve. Y aprendí que los porteros no aprenden de mis discursos, sino de cómo me ven vivir cada día: con ellos, con mis compañeros, con el utilero, con la derrota y con la victoria.
También elijo qué no quiero ser. No quiero ser un entrenador que cambia con el marcador. No quiero ser obsecuente para conservar un lugar. No quiero callar una verdad para evitar un mal momento, ni decirla de una forma que humille. Quiero ser el mismo el lunes después de ganar y el lunes después de perder. Quiero que mis porteros sepan que voy a estar en las buenas y, sobre todo, en las malas.
Porque estoy convencido de que el fútbol, y la portería en particular, está hecho de emociones, pasiones y estados de ánimo. Una pelota que sale o entra también se juega en la cabeza y en el corazón de quien está bajo los tres palos. Y cuando ese portero sabe que alguien camina a su lado, que su error no lo condena y que su valor no depende del último partido, juega más libre, decide mejor y se levanta más rápido.
Ese es el entrenador tridimensional que intento construir cada día de mi vida, en el profesionalismo y en el amateur, con los mismos valores en ambos lugares: ir con la verdad, respetar al otro, argumentar y decir las cosas con amor. No lo he logrado del todo, y seguramente nunca lo logre por completo. Pero es el camino que elegí, y lo recorro convencido de que formar porteros es, ante todo, formar personas.
Detrás de cada par de guantes hay alguien que siente, piensa, ama, realiza y sueña. Mi trabajo es entrenar sus manos, acompañar su mente y cuidar su corazón. Las tres cosas a la vez. Las tres dimensiones.
Referencias
Bibliografía
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1 Samuel 16:7 · Proverbios 4:23; 12:1; 15:1; 17:17; 25:11; 27:6; 27:17; 27:23 · Eclesiastés 3:1, 7; 4:9-10 · Mateo 5:37 · Juan 13:14-15 · Romanos 12:15 · 1 Corintios 12:21-22 · Gálatas 1:10 · Efesios 4:15; 4:29 · Filipenses 2:3-4 · 1 Timoteo 4:12 · Santiago 1:8; 1:19; 5:16